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General 12/06/2013 Jordi Duran i Roldós

Ciudadanía

Per Jordi Duran i Roldós, director artístic de FiraTàrrega. Article publicat a artezblai.com el 11/06/13
Los humanos somos tan maravillosos como inmundos. Las ciudades son el espejo de nuestra comunidad, de sus buenas o malas decisiones. Somos enjambres de pisos inacabados o exquisito patrimonio arquitectónico de otros tiempos, mejores o no.
Las formas que tenemos los humanos de relacionarnos se reflejan en las edificaciones que habitamos. La red que conformamos se corresponde con unas coordenadas de espacio. En ellas cada uno ocupa un lugar, de los barrios pudientes a los distritos más deprimidos. La ciudad lo es todo. Podemos pretender esconder las difíciles realidades que nos rodean bajo la alfombra pero, como las personas no somos motas de polvo, por mucho que intentemos esconderlas tarde o temprano van a terminar saliendo a la luz para explotarnos en la cara.

El espacio que compartimos y calificamos de público es el reflejo del tiempo en que vivimos, así como de las leyes que ordenan nuestra sociedad. Lo compartimos con cámaras de seguridad, coches, turistas descamisados, motos, repartidores de flyers, familias con cochecito, vendedores de latas, bicicletas, cacas de perro, patinadores, prostitutas y patinetes –pueden comprobar cómo uno de cada dos viandantes lleva ruedas-. Salir a la calle a dar un paseo es actuar en una superproducción, una gran fiesta en la que la actividad artística está controlada, estrictamente regulada, o fagocitada por fiestas mayores, festivales de verano o actividades culturales delimitadas en las que lo que se aparta de lo permitido tiene un espacio para desarrollarse sin resultar una molestia. Nos hallamos en una época en la que un espontáneo ensayo en la calle puede confundirse con un atraco. Tenemos que relajarnos un poco pues en nombre de la seguridad empezamos a parecer paranoicos.
La ciudad, con todos sus contrastes, continúa siendo un motor de inspiración para muchos creadores. Lo bello y lo feo, lo notorio y lo contradictorio, lo espontáneo y lo predecible… su humanidad la convierte en un material altamente atrayente. En la ficción cinematográfica, por ejemplo, las ciudades han sido protagonistas de innumerables cartas de amor, así como de infinitas catástrofes y castigos espeluznantes. Los problemas de sus ciudadanos encuentran muchas veces en su semblanza un correlato. La ciudad cura y enferma.
El verano se acerca y la oferta cultural de nuestras urbes escuchará o no el latir de las necesidades de nuestros ciudadanos. Últimamente proliferan aquellos festivales dedicados a los bolsillos pudientes, sobre todo los relacionados con la música. Veremos cómo vamos incorporando unos y otros todo aquello que se aparta del ‘mainstream’ o las normas de la taquilla, veremos como conectamos los que trabajamos desde la esfera pública con los que tienen los bolsillos vacíos, veremos hasta qué punto conectamos -más allá de su bolsillo- con los que pueden permitirse comprar una entrada, veremos con qué distritos nos relacionamos y cómo, qué parte de celebración ubicamos en el espacio público, y qué parte cerramos en los templos elitistas que edificamos cuando éramos ricos.
Echo de menos al público de hace unos años y me preocupa el que no estará el día de mañana… Temo por la construcción del ciudadano venidero. Los edificios, al final, son lo que menos importa.
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